‘Dublinesca’, aire de Ulises

Nada permanece, todo cambia, evoluciona, muta, se transforma, se disocia, se diluye, y en medio de todos estos cambios nos encontramos nosotros, prestos a aceptar o rechazar estos acontecimientos que de una forma u otra determinan nuestra existencia; pero, inevitablemente, aceptemos o rechacemos, el río del tiempo nos arrastrará en su corriente y tenemos que adaptarnos a ese discurrir incesante u oponernos para sólo retrasar lo que tiene que llegar. Circunstancias ajenas a nosotros pero con las que convivimos y determinan lo que somos o lo que hacemos son las que modelan —o moldean— nuestra existencia; todo fluye e indefectiblemente nuestra vida es también un fluir de cambios y adaptaciones a lo nuevo, a lo que se nos presenta ante nosotros y nos impone las condiciones a las que, para bien o para mal, debemos amoldarnos.

Y la literatura, como todo arte, no está exenta de cambios, porque la expresión artística camina paralelamente a cada tiempo, y son los movimientos de la época y la demanda —desgraciadamente— lo que determinará en última instancia el rumbo a tomar. Y hoy, tras siglos de constante movimiento en sus propuestas, estilos y horizontes, la literatura se da de bruces con una periodo histórico caracterizado por la banalización e indiotización de todo lo artístico, en el que se superpone la ganancia económica y el aplauso fácil del público más condescendiente, consecuencia inevitable del abismo intelectual en el que ha caído toda sociedad. Porque, ¿quién lee hoy a Cervantes, a Proust, a Faulkner, a Joyce, a Shakespeare, a Dumas o a Onetti? Pues sí, hoy hay un grandísimo número de “consumidores de libros” (no lectores, ojo) que ávidamente devoran esas lamentables sagas conocidísimas como si de grandes obras se trataran, y lo peor es que sí, disfrutan leyéndolas cuando no hay atisbo de arte o literatura en ellas. Y a raíz de todo esto traigo a colación Dublinesca (2010), en la que Vila-Matas hace su particular “funeral de la imprenta” y fija su mirada en el fin de los editores tal y como los veníamos conociendo, haciendo un paralelismo necesario con la situación actual de la literatura y todo lo que a ella atañe.

Dublinesca aborda esta coyuntura actual y la proyecta como un funeral, en el que el protagonista, Riba, un editor ya retirado, decide hacer un último homenaje a la imprenta y a los editores literarios, ante el final de una era tal y como la conocía. Este acercamiento al fin, a esa muerte, camina paralelo a la situación del propio Riba, que se encuentra inmerso en una etapa vital de total dejadez, alejado de su mundo anterior y hundido en un estado casi catatónico en el que su único refugio es estar delante del ordenador la mayor parte del día (trasunto inequívoco de lo que vivimos hoy). Así, Vila-Matas propone un viaje de su protagonista y de todo lo que a él le concierne que podría tomarse como iniciático, pero como inicio después de un fin, después de todo la literatura y la edición, al igual que la vida de Riba, no acaban, sino que se aventura en una nueva trayectora que rompe lo establecido en la anterior. Todo este acercamiento al fin como rompimiento de lo ahora tomado como obsoleto y su reconstrucción y adaptación al presente, discrurre sustentado en los raíles de los que se sirve Vila-Matas para construir su narración, constituyendo esas guías el gran relato de James Joyce, Ulises; de ahí el aire dublinés que impregna cada línea de la novela, transfigurando incluso muchas situaciones a lo que el escritor irlandés desarrolló en su obra.

Porque, ¿qué mejor que una de las más grandes narraciones del siglo XX, que se disfruta y se sufre a partes iguales, para bascular una historia que fija su punto de visión en el advenimiento del fin de un pilar fundamental de la literatura como es la imprenta? Por ello Vila-Matas centra casi todas las alusiones y ensoñaciones de su trama en el capítulo seis de la novela de Joyce, el que trata sobre el entierro de uno de los personajes, dejando patente así la intención de mantener un espíritu funerario en el que se desenvolverá Riba y sus acompañantes en las exequias a las que asisten. A lo largo de toda la novela asistiremos a asombrosos paralelismos (apoyados en la casualidad o en el sueño) con el Ulises, incluso con “fantameles” apariciones de extraños pesonajes incluidas. Pero Riba no sólo mantiene constante en su divagar a Joyce, igualemente ve cierta concomitancia de su actual vida —y mente— con el personaje central de la muy disfrutable película Spider (David Cronenberg, 2002), y se identifica con esa atribulada psicología que aflige a su protagonista (conocida es la pasión de Vila-Matas por el cine y aquí hace gala de ello).

Obra deslumbrante, Dublinesca atesora en sí misma la esencia más prístina de la literatrua, el poso artístico que nunca debería perder de vista y nos conmina a pensar sobre el cambio, el fin y el devenir de lo nuevo. Sentido homenaje a lo esencial del arte literario a través de la pluma de un maestro que nos tributa una hermosa y reflexiva historia sobre la pérdida, la añoranza, la huida y la transmutación de lo viejo, como le ocurre a Riba; todo ello supeditado a lo artístico y a la degradación de todo lo identitario de la literatura. En estos tiempos en los que el libro vislumbra en el horizonte un más que posible funeral (no sólo física, sino artísticamente), leer a Vila-Matas y su Dublinesca se hace más imprescindible que nunca.

Anuncios

‘La caverna’, las cadenas de nuestro tiempo

tumblr_njkckwbdnO1smc06wo2_r1_500

«[…] pero hay razones, si las buscamos las encontramos siempre, razones para explicar cualquier cosa nunca faltan, incluso no siendo ciertas, son los tiempos que mudan, son los viejos que cada hora que pasa envejecen un día, es el trabajo que deja de ser lo que había sido, y nosotros que sólo podemos ser lo que fuimos, de repente descubrimos que ya no somos necesarios en el mundo, si es que alguna vez lo fuimos, pero creer que lo éramos parecía bastante, parecía sificiente, y era en cierta manera eterno, durante el tiempo que la vida durase, que eso es la eternidad, nada más que eso.»

La caverna (2000) supuso la primera novela de José Saramago tras la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1998 y por lo tanto la expectación por ver qué nos iba a ofrecer tras tan relumbrante —y rimbombante— reconocimiento lógicamente iba a ser muy alta. No pareció afectar esa supuesta “presión” lo más mínimo al escritor portugués, que siguió ofreciendo una literatura muy personal, coruscante en su apostura artística, y mantenía ese poso de profunda crítica mostrado en anteriores obras a través de una historia sencilla en su superficie protagonizada por gente igualmente sencilla. Porque Saramago sabía que la literatura va más allá de lo contado o lo narrado, de lo expuesto o lo mostrado, y debe fluir a través de las emociones, mostrando la realidad que le es coetánea ya sea a través de historias pasadas, presentes o futuras, pero desde el prisma histórico que la ve nacer. Y si hay algo en estos tenebrosos tiempos que ha conseguido que nos veamos reducidos a meras comparsas carentes —o privadas— de humanidad ése es el capitalimo y todo lo que supone, cuyo omnímodo poder ha parasitado toda sociedad occidental y sus raíces se hunden cada vez más profundamente en el orden mundial que un puñado de todopoderosos dispusieron y siguen disponiendo.

Considero a Saramago uno de los escritores más necesarios y fundamentales de los últimos tiempos; no sólo por su incontestable maestría a la hora de armar una novela sino porque en cada una de sus obras coloca al lector frente a los problemas de su tiempo —que no son más que los problemas de todos los tiempos—, le muestra esa realidad que muchas veces se le escapa aunque viva inmerso en ella, le abre los ojos a una visión que quizá haya obviado o soterrado inconscientemente entre la amalgama de mentiras que el sistema global nos inculca a diario. Y en La caverna aborda varios de estos males actuales a través de la penosa historia de una familia de alfareros (en realidad padre, hija y marido de ésta) que ve cómo “los tiempos modernos” los coloca frente al drama de ver cómo todo su mundo se ve sacudido por la nueva política de un gran centro comercial (al que Saramago llama “el Centro”, como si éste fuera origen y final de todo) que prescinde de sus servicios porque sus productos ya no interesan al gran público. Esta situación coloca al viejo Cipriano Algor y su hija en la terrible e insoportable situación de la pérdida del empleo, en el terrible drama de no tener trabajo porque otros no les permiten tenerlo pese a su valía.

La caverna se publicó en el 2000, pero en estos tiempos en los que el capital ha aniquilado la dignidad de demasiada gente, su necesaria crítica está más vigente que nunca. Cuántos golpeados por la supuesta crisis (que no es tal, no es más que una infame redistribución de la riqueza) nos vemos reflejados en ese alfarero que ve cómo su vida se ve destruída por el nuevo orden (global), que asiste al final de su tiempo el cual será sustituido por el consumismo salvaje de la nueva era de inmensos centros dispuestos a todo para enriquecerse hasta el infinito. Porque hoy el capitalismo, la economía, el dinero en definitiva, es lo único que rige el mundo y todas las vidas que en él habitan. El alfarero Cipriano y su hija Marta verán sus vidas sumidas en la incertidumbre de ver su futuro atrapado en la desesperación y el abandono —y esto esto los que estamos pasando dificultades sabemos lo duro que es—, y buscarán la forma de seguir con el negocio de la alfarería a toda costa, intentando ofrecer al Centro otros productos que puedan amoldarse a los nuevos gustos de los consumidores; es la nueva “ley de la selva” que han instaurado, en la que o te adaptas a los cambios o te mueres miserablemente.

Este cambio repentino en sus vidas se verá acentuado por el probable destino del marido de Marta como residente del Centro, que los llevará a vivir en un impersonal apartamento en el interior del inmenso complejo comercial, lugar en el que se darán cuenta de la atroz realidad en la que viven y vivimos, tal y como ya nos la expuso Platón en su famosa alegoría. Este salvaje e inmoral capitalismo es la falsa realidad de nuestro tiempo, es la cadena que nos impide girar la cabeza para ver a través de la razón y darnos cuenta de que nos enseña un mundo dibujado con sombras que dista mucho del que realmente es y podríamos vivir. Saramago nos vuelve a gritar que levantemos la vista y miremos más allá de lo que creemos ver, que nos han aprisionado en un lugar en el que la abstracción es lo que nos venden y poco tiene que ver con lo que hay. Este sistema global basado en el consumo y el capital está destruyendo cualquier valor de esta civilización, está propiciando el hundimiento de millones de personas que se ven desplazadas de sus trabajos (o impidiéndo encontrar uno digno) en pos de un mayor beneficio de los poderes económicos, está olvidando que detrás de cada uno de nosotros hay una vida que merece tener una oportunidad y que ésto debería ser prioritario a la ganancia económica de la minoría dominante, está atentando contra el beneficio común y favoreciendo el de unos pocos, está, en definitiva, convirtiéndonos en esclavos atados a un banco sin posibilidad ni siquiera de mover la cabeza.

Saramago construye con La caverna un relato que estremece por su descarnada muestra de realidad, que, pese a tener algunos tramos de los que podría haber prescindido (ciertos pasajes centrados en la alfarería que poco aportan), es una actual y aterradora reinterpretación del mito platónico para mostrarnos la verdad tras la mentira que nos han pintado. De cada uno depende liberarse de las cadenas y salir a ver aquello que proyecta las sombras, romper los grilletes para no ver una deformidad inoculada sino la verdadera forma escondida tras el brillante manto de falsedad que nos han colocado delante mismo de nuestros ojos.

‘Ensayo sobre la ceguera’, clara realidad

ceguera_13352541

«…en verdad aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo, mucho más dura que la otra, que por cualquier cosa sangra.»

Pocos podrán discutir que José Saramago es una de las más refulgentes figuras culturales de nuestro tiempo, un hombre que no sólo era un grandísimo escritor, sino que igualmente poseía una mente preclara llena de lucidez, lo que hacía de él también un pensador con unas ideas asentadas siempre en el sentido común y lo racional. Fruto de esto, conocidas son sus polémicas con la Iglesia Católica, sobre todo a raíz de la publicación de esta joya que fue El evangelio según Jesucristo (1991), una obra que muchas mentes arcaicas vieron como un ataque a las creencias cristianas por osar mostrar una imagen de Jesús de Nazaret muy distinta a la inventada y difundida por la propia Iglesia. Curioso que la gente se ofenda cuando sus creencias son puestas en entredicho, como si esto fuera un ataque personal hacia ellos mismos; pero me temo que esto es difícil de entender para aquellos que creen en fantasías divinas. Saramago decía que él no tenía ningún problema con la Iglesia sino que era ésta la que tenía un problema con él, y qué razón llevaba, porque desde la fundación de esta organización siempre han tomado al que no es de ellos como un enemigo, y son muchos los asesinados a lo largo de la Historia que confirman este hecho (es curioso cómo ahora nos aterramos con los asesinatos del llamado Estado Islámico, cuando sus atrocidades todavía ni siquiera se acercan a lo que hizo el cristianismo en su expansión y esplendor).

Pero me desvío. Justo después de esta “polémica” y magistral obra, en 1995 publicaba Ensayo sobre la ceguera, probablemente su novela más conocida y universal. La premisa de su argumento es a priori sencilla, no así su trama. Toda la población, sin motivo ni razón aparente, se queda ciego, sin ningún signo que pueda indicar la causa y sin síntoma más alguno, salvo la incapacidad absoluta de ver. Saramago no explica el porqué, no le interesa para lo que nos quiere contar, que va mucho más allá de una novela en la que todo el mundo está ciego; no necesita motivos que nos orienten hacia la raíz del problema porque el problema sobre el que él quiere indagar comienza tras la “plaga”. Pero esta ceguera no es normal, en vez de sumir a la civilización en una opacidad oscura, lo hace en una blanca; todo se vuelve blanco, como si hubiera un deslumbramiento continuo. Así, la humanidad se abisma en las tinieblas a través de una nívea claridad. Y tras la ceguera, el caos. Y es aquí cuando la novela nos lleva a vivir el infierno que se desencadena cuando nadie es capaz de ver.

En los primeros compases de la historia, cuando ya hay una cantidad importante de “infectados”, se nos muestra cómo el gobierno —cualquier gobierno— deja a su suerte a los ciudadanos con su enfermedad y los recluye en centros donde son abandonados a su suerte en condiciones pésimas y con escasez de alimento, ordenando incluso al ejército a matar a todo aquel que intente huir del horror. Qué certero reflejo de los gobernantes hace aquí Saramago (casi parece que vio el futuro que ahora es nuestro presente, con gobernantes que ignoran las penurias de los ciudadanos (paro, desahucios, pobreza…) en incluso les niegan el tratamiento para enfermedades mortales). La capacidad inmersiva de esta novela es casi aterradora, el lector se sentirá muy cercano a esa pobre gente que malvive sin poder ver para atentender sus necesidades más básicas, y casi parecerá que nosotros también sufrimos del mal blanco.

Pero en esta terrible historia no todo el mundo está ciego. Hay una mujer que aún conserva la vista, y es a través de sus ojos por donde veremos la terrible realidad que viven esas personas que pronto casi dejarán de serlo. En este escenario apocalíptico es donde Saramago sacará a relucir toda la podredumbre que esconde el ser humano, la avaricia, la maldad, la abyección, los instintos más bajos y primitivos que anidan en muchos individuos con los que convivimos a diario… En ese mundo completamente blanco, y pese a la terrible situación, el hombre desnuda su condición y brotan los sentimientos más viles y deshonestos, y no duda en mentir, robar, someter, violar e incluso asesinar. Y es que en el fondo seguimos siendo animales casi más primitivos que la mayoría, que nos regimos por la ley del más fuerte —o del más criminal— pese a saber que entre todos este mundo podría ser un sitio mucho más soportable.

Ensayo sobre la ceguera no es más que el reflejo de un mundo ciego, abismado, condenado, incapaz de comprender que abriendo los ojos, la convivencia y el futuro de todos nosotros puede ser muy distinto y esperanzador. Pero vivimos de espalda a lo real, sin ver nada y sin ser conscientes de nada. La humanidad chapotea en sus propios excrementos porque se ha degradado hasta lo insoportable. No vemos la realidad sino la que nos cuentan, la que nos pintan con los trazos que los pintores quieren que imaginemos. ¿Y qué explicación hay para esto? Como en la novela, ninguna; simplemente hemos dejado de ver o de mirar o de observar; le hemos dado la mano a los que han avocado para sí la facultad para contar, y hemos delegado estre privilegio voluntariamente, sin motivo, quizá porque los ojos nos molestaban. En la novela sólo una mujer puede ver; sólo una persona entre toda la multitud, la cual se ve incapaz de orientar a los suyos, y pese a todo les sirve de gran ayuda. Aquí tembién hay gente que ve, pero es tan ínfima la proporción que pasa desapercibida, sus ojos no pueden guiar a tanta gente, en un mundo de ciegos un par de ojos apenas suponen un levísimo rayo de luz que nada o casi nada cambia a nivel colectivo, seguimos caminando al precipicio pese a esos pocos que ven.

El estilo de Saramago es peculiar. Ausencia de párrafos, diálogos insertados en la narración, puntuación muy libre, personajes cuyos nombres son características de ellos mismos (“la mujer del médico”, “el niño estrábico”, “la joven de gafas oscuras”…), y pese a ello el libro se lee fácilmente, sin excesivas dificultades a la hora de situar la acción o seguir el hilo argumental. Un estilo muy personal pero a la vez muy interesante, que se agracede por su propuesta única y su capacidad para mantener la atención del lector. Brillante.

Con todo esto, Ensayo sobre la ceguera supone un certero y terrible discurso de lo que hemos llegado a ser por dejar de ver aquello que condiciona nuestra existencia, y nos muestra que realmente la humanidad está sumida en una ceguera de la que no es consciente porque se manifiesta como un luminoso manto blanco que nos impide discernir la oscuridad de la luz. Un libro obligatorio, imprescindible, y más aún en estos tenebrosos tiempos.

Grossman y Follet, el todo y la nada

espacio_73_20120505_1897245701

«No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan» – Sartre

Nadie puede dudar de que el siglo XX fue el más convulso, trágico y devastador de todos los que ha vivido esta estúpida humanidad, pese a que la cantidad de atrocidades y genocidios que se han cometido a lo largo de la Historia es casi infinita. En él se dieron las dos grandes guerras mundiales, la Revolución Rusa, el fascismo y el comunismo (o mejor dicho, Stalinismo), la Guerra Fría y, en definitiva, la metamorfosis de un mundo que fue casi desangrado y que jamás volvería a ser el mismo. Y el súmmum de toda aquella locura, el acontecimiento que hizo capitular a toda la especie humana de la razón y la dignidad fue la metástasis del nazismo por aquella dubitativa Europa, con todo lo que ello conllevó. Así, en las décadas de 1930 y 1940 puede que se diera la acreción de hechos y acontecimientos más importantes e interesantes (y atroces) de la vergonzosa historia humana. Y la literatura no ha sido ajena a este periodo, y nos ha brindado infinidad de títulos que de un modo u otro tomaban alguno de los terribles hechos acontecidos en tan tenebrosa época. Uno de los más brillantes autores que encaró en su obra el horror de la II Guerra Mundial y el Stalinismo fue Vasili Grossman, del que ya hablé en su día, y que nos mostraba con asombrosa precisión (porque él estuvo allí, en el frente y en la liberación de los campos de exterminio) el infinito dolor que allí se vivió. Otro autor (o intento de ello) que no hace mucho también decidió tomar como hilo conductor de una de sus novelas esa guerra ha sido el popular Ken Follet, en la obra central de su trilogía The Century, titulada El invierno del mundo (2012).
Pero el experto en bestsellers no ha sabido, o no ha podido, o las dos cosas, aprovechar el material del que se nutría su novela, porque el resultado no ha podido ser más nefasto, horroroso incluso, muy distante —a años luz— a lo que, por ejemplo, consiguió Grossman con su obra maestra Vida y destino. El invierno del mundo supone un intento de periplo —tedioso y almibarado— por los acontecimientos de aquel conflicto, y el lector en ningún momento siente que esa miríada de personajes que torpemente se nos presenta están viviendo la mayor tragedia que ha visto el mundo jamás. Es más, los fatales hechos son como un elemento de atrezo, que están ahí, de fondo, para que los protagonistas, de un modo u otro, tengan sus relaciones amorosas que es, lamentablemente, sobre lo que se intenta sustentar la débil trama, si es que merece llamarse así. Y para que estos edulcorados y poco creíbles amoríos se den, Follet no duda en colocarlos, con todo el descaro, en situaciones casuales imposibles de creer, porque el azar lo usa de forma indiscriminada, para todo y para todos (los protagonistas siempre acaban encontrándose, da igual en qué lugar del mundo se hallen, al final coinciden milagrosamente). Quizá el escritor británico cree que el amor como él lo presenta —tan adolecente, tan epidérmico— en su novela puede existir en la vorágine de la guerra. En este aspecto Grossman demuestra ser un escritor mucho más inteligente que Follet (tampoco es muy difícil) y trata el amor y todo lo que de él emana de manera que nos lo muestra como único asidero entre el terror, como el que brota frente al miedo ante el pelotón de fusilamiento, como la esperanza de la madre en el gueto cuando le escribe una carta a su hija. Ése es el verdadero amor, el único que de verdad existe, no el de dos jovencitos deseando follar sin que nadie les vea en un rincón oscuro.
Dejando a un lado las enormes limitaciones de Follet al escribir (esas frases cortas, esas expresiones coloquiales tan simples y poco acertadas, esas situaciones forzadas…), el tratamiento que hace del drama resulta escandalosamente superficial; en ningún momento el lector siente lo que el mundo estaba viviendo, llegando a no importarle en absoluto lo que les ocurre a los personajes, los cuales sólo piensan en sus —poco creíbles— relaciones personales. Ni siquiera nos muestra la batalla que se libró por erradicar el avance fascista en Europa, y cuando se intenta acercar al drama de la guerra (como en el ataque a Pearl Harbor) todo queda en un fútil amago de mostrar cierto tono dramático, que por supuesto no consigue. Cuando no se escribe con pasión el único resultado es un producto sin alma carente de todo rastro artístico y estético. Todo lo contrario que Grossman, que nos enseña, en sus novelas y en sus crónicas, las entrañas del monstruo de la guerra con una pasión e intensidad desaforadas, aunando la ficción y el ensayo para contarnos magistralmente lo que millones de personas padecieron tanto en la contienda como en las cámaras de gas. El viaje que nos propone el escritor ruso supone un descenso al infierno que desató la sinrazón, con pasajes muy intensos y dramáticos cuando nos coloca, por ejemplo, en la batalla de Stalingrado, pero también nos muestra el infinito amor que emana de los corazones de los inocentes, y que de un modo u otro los salva de un mundo destruido. Porque Grossman escribe con una sensibilidad absoluta sobre todo aquello y un respeto hacia todos los que fueron torturados y aniquilados, y es capaz de arrancarnos una lágrima cuando evoca los últimos momentos de tantas vidas. Nada de esto se aprecia en El invierno del mundo, donde lo que debería ser inigualable instrumento para construir una novela imponente (como sin duda pretendía su autor) se convierte en una excusa para las tontunas amorosas de unos protagonistas que no despiertan ninguna empatía porque están completamente vacíos.
A mi parecer la gran diferencia entre ambos escritores es que, como decía Nietzsche («tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando menos, por una forma de estulticia»), Follet ve la escritura como una profesión, un medio para forrarse y vender millones de ejemplares, y para Grossman escribir era un estado, una forma de vivir y ver el mundo. Jamás un autor llegará a conseguir el verdadero propósito de la literatura si su fin es el mercadeo y el ganar pasta con la complicidad de los lectores más volubles. Así, mientras que El invierno del mundo se presenta como una obra hueca, insustancial, superficial y deslavazada, cualquiera de Vasili Grossman nos asombra con una precisa y sincera mirada a lo que de verdad ocurrió, con una apostura artística digna de un maestro que realmente siente la literatura como elemento catártico de las más profundas emociones.

‘Por la parte de Swann’, la literatura perdida

tiemp

«Es que, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor –más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles– perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable del inmenso edificio del recuerdo.»

Leer a Marcel Proust (1871-1922) implica una vuelta, un retorno, una retrospección a la esencia más pura de la literatura, esa literatura conceptualmente artística, alejada del entretenimiento como último y único fin, más lindante a la expresión que a la exposición, más distante a la complacencia que al reto. Y es por esto mismo por lo que normalmente la excelsa y poliédrica –y aparentemente críptica– prosa del este escritor francés es tomada como algo inaccesible para unos, insoportable para otros y un desafío para otros tantos; pero ni mucho menos la escritura de Proust –al menos en este Por la parte de Swann– es ardua, abstrusa o incomprensible, basta acercarse a ella con algo de interés y visión para descubrir la más fina y divina forma literaria que podemos leer, rica en multitud de matices, aristas, recovecos narrativos, digresiones y toda una pléyade de infinitas pinceladas sólo al alcance de unos pocos maestros. Proust, como uno de los escasos y verdaderos apologetas del arte, dirige su mirada a lo expresivo, a la transmisión de su particular cosmovisión, derivada de su peripecia vital, determinada por su púdica homosexualidad. Así, su escritura queda definida por una búsqueda, un viaje cuyo fin es su propia identidad y de su tiempo –perdido–, y ello propicia un alejamiento decidido de ofrecer una mera forma de entretenimiento y diversión, en beneficio de una plasmación de lo sensorial y lo introspectivo.

Es por su compleja y particular estructura y forma –no inaccesible ni granítica, como muchos piensan– por lo que la tarea de comentar o analizar esta obra se vuelve, cuando menos, complicado, aparte de que añadir algo que no se haya dicho ya es casi imposible. Pese a que está considerada como una de las mejores novelas de todos los tiempos –curiosamente son pocos los que la han leído, y pese a todo hablan de ella, comentan su dificultad e incluso se atreven a opinar sobre el estilo proustiano–, creo que no tiene el reconocimiento universal que se merece, puede que debido a la absurda vitola que los iluminados de siempre le han colocado incomprensiblemente. Es curioso y llamativo, que otras novelas de mucho menor calibre, que desprenden una carencia manifiesta y suman al incauto lector en la más insondable desidia, son consideradas cúspides inquebrantables y tienen millones de admiradores, pese a que son aburridas hasta lo insoportable y sin embargo encumbradas hasta el infinito.
Puede ser entendible que el lector común –aquel que se contenta con una historieta facilona y de nulo calado artístico– encuentre en la prosa de Marcel Proust un tipo de literatura inaccesible, pesada e incluso insoportable, pero nada más lejos de la realidad para alguien que busque la verdadera esencia del arte escrito; la prosa del escritor francés no puede ser más clara ni más transparente. Pero tenemos que entender que el lector medio moderno se contenta con mediocridades que unas lamentables editoriales han convertido en tendencia, o con los espantos que “escriben” los famosos de turno.

Por la parte de Swann (o Por el camino de Swan, según la traducción) es el primer volumen de la catedralicia obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, conformada por nada menos que siete volúmenes publicados entre 1913 y 1927 (los tres últimos aparecidos póstumamente). La estructura de esta primera parte escapa a todo convencionalismo narrativo, se aleja de los cánones comunes de casi toda novela, desoye cualquier encorsetamiento estructural abandonando el esqueleto clásico de “planteamiento, nudo y desenlace”, y discurre libremente en una peculiar división en tres partes que transitan a través de la voz de su narrador, una voz que rememora sus temores y anhelos de la infancia, en una primera parte absolutamente evocadora, donde la preocupación de un niño por recibir el beso de su madre antes de acostarse se convierte en un áureo hilo conductor de una visión suplicante de un mundo interior atormentado por la posible falta del roce de los labios de esa madre. Apenas existen los diálogos, Proust no los necesita –su narración no los echa en falta, es más, debe huir de ellos en la búsqueda de la plasmación intimista que busca la novela– para construír un voluptuoso tapiz donde prima lo eminentemente artístico ad infinítum. Esa infancia también recordada por los paseos en Combray, por varios caminos (uno de ellos el de Swann) que sirven como marco para volver a dibujar la parte más arcana del pensamiento de un niño que descubre en cada recodo del camino una nueva peripecia vital.

La segunda parte (Un amor de Swann) funciona casi a modo de novela aparte, una especie de digresión –casi parece una novela corta que ocupa la mayor parte del libro– que por su ruptura con lo anterior recuerda a las del Quijote, aunque en ésta se mantiene cierto hilo conector, que es el personaje de Swann (cosa que la diferencia de la obra de Cervantes, cuya obra aún hoy recibe críticas por estas “intromisiones” en la narración por los más cortos de miras). Aquí el escritor arroba al lector con los avatares sentimentales de Swann y su enamoramiento por Odette, y como gran maestro que es, Proust no nos ofrece un retrato epidérmico sobre el amor y sus consecuencias –como sucede en otras novelas mucho más populares y enaltecidas–, sino un portentoso viaje, de nuevo, a lo más humano del personaje, a su constante ir y venir en las dudas y certezas sobre sus sentimientos, horadando en el vasto mar de la incertidumbre sobre un amor del que ni el propio Swann está seguro.

Ya en la tercera parte titulada Nombres de países: el nombre, volvemos a la juventud del narrador (ese aparente alter ego de Proust) para ser testigos su germinal amor, precisamente por la hija de Swann. Vuelve así el relato a tomar el testigo del inicio de la novela, con un joven deseoso, que ahora se abre a ese abismo que ni siquiera sospecha que es el deseo de amar, y vivirá en constante búsqueda de la coincidencia con su amada, yendo a diario a buscarla en sus quehaceres rutinarios, intentando forzar esa casualidad que le hará verla y conversar con ella. Es este último tramo muy corto, apenas desarrolla Proust esa relación, pero es tal la hondura de su narración, que le brevedad no empalidece la breve pero intensa apertura al amor de su protagonista.

Por la parte de Swann es un milagro literario, un refulgente destello artístico como muy pocos ha habido en toda la historia de la literatura, en el que la acreción de elementos únicos a la hora de encarar la narración lo dota de una maestría incomparable. Hay más literatura en una sola línea de Proust que en todos los superventas actuales –y no actuales– juntos. Ciertamente, es literatura ya perdida…

Editoriales y lamentos

editoriales

Hay que ser muy corto de miras (o muy corto de todo) para no darse cuenta del alarmante declive que está sufriendo la literatura y lo que ésta supone en los últimos tiempos, como ya he escrito en otras ocasiones en este mismo sitio. Creo que son varios los factores que favorecen esta situación, que constantemente se retroalimentan y complementan, porque unos no pueden darse sin los otros, y no hay ninguno más importante o destacado, ya que conforman un todo que ya se ha solidificado y se ha arraigado en lo más profundo de la sociedad lectora. Aunque puede que no esté siendo exacto del todo considerando como literatura a esos productos que hoy triunfan y acaban en las estanterías o ebooks (o como se escriba), pero hagamos un esfuerzo y tomémoslos como tales.

Antes de continuar, una aclaración para los incapaces de entender lo que quiero decir, y ponen el grito en el cielo por las mismas memeces de siempre. Claro que todavía hoy hay buena literatura; por supuesto que hay autores capaces de erigir obras maestras anteponiendo su inquietud artística a su bolsillo, no todos los escritores son unos farsantes. Igualmente, es evidente que si a uno no le gusta la literatura basura no va a comprarla ni a leerla, uno no es tonto. También apuntar que no voy a dejar de opinar porque no me haya leído tal o cual obrita de un escritor (este “escritor” siempre entre comillas) oportunista que aprovecha su fama entre el vulgo más ignorante para sacarle los cuartos, porque, como decía Oscar Wilde, para saber que un vino es malo, no hace falta beberse el tonel entero, con menos de una copa basta (muchos se beben el barril como idiotas para poder “opinar con conocimiento”, como si no hubiera libros mucho más valiosos por leer, lo que demuestra el poco aprecio que tienen por su tiempo y por sí mismos).

El tema más peliagudo del cotarro es sobre quién recae la responsabilidad del hundimiento de la literatura, ¿sobre los escritores, sobre los lectores o sobre las editoriales? Claro está que todos tienen culpa, pero en primera instancia el mayor responsable es el lector. El poco aprecio por el arte, la desgana a la hora de buscar historias y escritos que de verdad se acerquen a la concepción del mundo del artista, la total ignorancia de lo que realmente debe ofrecer la literatura, la nula exigencia al escritor y a lo que éste ofrece, la pereza intelectual y cultural; todos son factores desembocantes en la profusión de un lector pobre, complaciente y maleable. Así, encontrando en este tipo de “amante de la literatura” un filón (porque es mayoría), editoriales y autores se lanzan a la creación de productos y tendencias (burdas modas) que colmen a los poco exigentes incautos. No son escasos los estafadores y deshonestos que se hacen pasar por escritores y se suben al carro del género rompedor en cuestión, ya sea vampírico, erótico, religioso, histórico o pseudopornográfico, da igual, lo importante es la pasta, profiriendo insultos al arte de la literatura con esos espantajos y embelecos escritos (mal escritos).

Y ahí es donde intervienen las venenosas editoriales. Pobre del autor que les presente una obra que no case con “lo actual”. Estas empresas (porque algo que no tiene otro fin que la pasta no puede llamarse editorial) sólo van a apostar por libritos que lleguen a la masa, ya sea porque están de actualidad (los últimos insultos han sido los draculines adolescentes y el medioporno más chabacano, como antes fueron los templarios o el ya cansino tema de si Jesucristo se folló o no a María Magdalena) o porque los haya “escrito” algún personajillo televisivo (Jorgejavieres, Belenesestébanes, Izaguirres, Maxines, Nuriasrocas, etcétera), o porque el escribidor en concreto les cae bien (a saber las razones). Y para joder aún más la cosa, estas empresas —que repito, les importa un carajo la literatura— organizan “premios literarios” para que el aborto escrito por el personaje en cuestión venda aún más.
Lo de estos premios es sangrante, pocos dudan del amaño que se da en todos ellos. Son “votados” por un jurado normalmente integrado por otros cómplices que publican en la misma editorial, y así todo se convierte en una bacanal endogámica de hacer dinero. Últimamente ya ni disimulan, y con toda la desfachatez del mundo premian aberraciones salidas de la pluma (es un decir) de presentadores de la televisión más zafia y aberrante (por no hablar de los galardones a lamentables exministras-guionistas).

Viendo el panorama, uno no puede dejar de pensar cuál es el futuro de la literatura, si los escritores valiosos y con verdadera inquietud artística seguirán escribiendo ante la ignorancia del público y editoriales. Menos mal que aún sigue habiendo editoriales (pocas) que de verdad aprecian este arte como tal, que ponen su mirada en nuevos talentos y rescatan joyas perdidas de los grandes de la historia, que no pretenden estafar al lector con productos prefabricados carentes de todo interés pero llamativos para un público subnormalizado o poco avezado, que saben que la literatura, el libro, es una pieza indispensable para alcanzar aquello a lo que todo ser humano debe aspirar.

‘El doctor Zhivago’ (II), un corazón helado

El doctor Zhivago

«¡Piense qué tiempos son éstos! ¡Y nosotros los estamos viviendo! Cosas tan increíbles tal vez sólo ocurran una vez en la eternidad. Piénselo: han arrancado el techo a toda Rusia y nosotros, junto con todo el pueblo, nos encontramos a cielo abierto. Y sin nadie que nos controle. ¡La libertad! La auténtica, no la de las palabras y las reivindicaciones, sino la caída del cielo, en contra de lo esperado. La libertad por casualidad, por equivocaión.»

Si sabemos un poco sobre la vida de Boris Pasternak, al leer su única novela podemos apreciar ciertas similitudes entre ambas —no podía ser de otra manera, su intención era relatar la convulsión social que sufrió en primera persona— de modo que su personaje central, Yuri Adréyevich (el doctor Zhivago), posee innegables concomitancias del propio autor, y vemos el reflejo de éste en ese médico cuyas ideas no son del todo complacientes con el régimen impuesto —en esencia sí, en la práctica no—, e incluso es tildado de “amenaza para la revolución” por los poemas que escribe (poco se imaginaba Pasternak que tras concluir la novela su vida sería más parecida a la de su creación de lo que había imaginado). Así, se podría decir que El doctor Zhivago es una suerte de introspección del genial escritor ruso, y encuadrada en una época que él mismo vivió, esta obra catedralicia, colosal, indescriptible, colocaba a un ingenuo e inocente doctor en plena vorágine revolucionaria, que a lo largo de toda una vida ve cómo todo aquello que ama y aprecia le es arrebatado por los demenciales actos de aquellos que decían luchar por la libertad del pueblo.

La trama que urde Pasternak con mano maestra supone un impresionante y certero fresco sobre los años más importantes en el devenir de Rusia (y por ende del mundo) en la primera mitad del siglo XX, y coloca a unos personajes maravillosamente dibujados (sobre todo, cómo no, Zhivago y Lara) en medio de una cascada de sucesos que abarca los históricos avatares que van desde la decisiva I Guerra Mundial, pasando por la Revolución de 1917 y la bolchevique, hasta la II Gran Guerra, es decir, el periplo novelesco transitará por los años más convulsos y criminales de toda la humanidad. El doctor Zhivago no es, como muchos invidentes artísticos creen, una historia de amor, sería estúpido hacer un ejercicio reduccionista tan simple; es infinitamente más, es un acercamiento preciso a la semilla y posterior victoria de la revolución bolchevique, es una denuncia a la sinrazón que se vivió en aquel país, es un atisvo de lo que podría haber dado de sí todo aquello y que luego no fue, es, por supuesto, un hermosísimo cuento de amor (mucho más que otras obras mejor consideradas), y es, en definitiva, un imponente poema cargado de lirismo y arrebatadora sensatez como sólo Pasternak podría haber construído.

En un ejercicio de prestidigitación incomparable, Pasternak erige su obra magna sobre varias vertientes, formando una estructura muy ramificada en la que cada afluente desemboca en el mismo río. Y ese río es el doctor Zhivago, que vive la presión de un régimen injusto, que se ocupará de curar a los soldados en el mismo frente de guerra, que sufrirá el secuestro y las amenazas de los guerrilleros (los partisanos), que será feliz con el cariño y el afecto de una esposa y un hijo, y por supuesto tocará el cielo con ese amor exacerbado hacia la bellísima Larisa Fiódorovna. Todo ello esculpe una novela cuyo único calificativo posible es de obra maestra; probablemente sea la más magistral y hermosa salida de tierras rusas en el siglo XX, con permiso de la inmensa, desgarradora, necesaria y también opacada, Vida y destino, de ese grandísimo escritor y cronista que fue Vasili Grossman. Pero no sólo eso, también está muy por encima de otras obras rusas mucho más famosas pero de muy inferior calado emocional (algunas pertenecientes al brillante del siglo XIX), porque es eso precisamente, la emoción, lo que abruma y despunta entre la gran cantidad de virtudes de una novela que va más allá de lo meramente literario.

Tal fue el éxito fuera de Rusia, que Hollywood decidió trasladar la novela al cine, cosa de la que se encargaría en 1965 David Lean, con brillantísimo resultado (sólo alguien capaz de filmar un milagro como Lawrence de Arabia podría hacer realidad tal empresa). Es admirable ver a los personajes en pantalla perfectamente caracterizados (e interpretados, inmensos Omar Shariff y Julie Chirstie), la soberbia puesta en escena, la fiel recreación de los más importantes pasajes de la novela, la captura de esos ambientes helados y acogedores de Rusia, y sobre todo el más profundo respeto a la obra de Pasternak. Pocas veces el cine ha ofrecido tanta belleza, tantos planos memorables, tanta pasión, tantas miradas llenas de amor (esa mirada acerada de Lara…). Es uno de esos pocos casos en los que tanto el libro como su adaptación cinematográfica están a la par sin que la lógia pérdida de elementos en la película arruine el conjunto. Inolvidable.

La inmensidad de El doctor Zhivago epata por su ambición, por narrar con presteza asombrosa el tumultuoso periodo de la metamorfosis de Rusia y encuadrar en él precisamente una trama que camina por diferentes vertientes para encumbrar su historia a las más altas cimas literarias. Poco importa que fuera vilipendiada y despreciada por los anacolutos y reaccionarios de la época (incluso a Nabokov le pareció una novela nefasta, irrisoria, tal fue el grado de odio que despertó la novela). Pero, como dije en la anterior entrada, el juez supremo y justo, el tiempo, decidió que el olimpo de las letras no podía estar huérfano de la gran novela de Pasternak, y le abrió las puertas para encumbrarla junto a aquellas obras que hacen de este mundo un sitio un poco menos tenebroso.